Como uno se temía, el mal resultado en el partido de ida de la Supercopa ha disparado las alarmas de los sectores más negativistas de la afición blaugrana, como si se reactivara el tradicional sentimiento trágico de la vida culé (permítanme hacerme autopropaganda y recomendarles este
vínculo añejo donde me explayo más). Por supuesto, los antirosellistas añaden una muesca más a su retahila de críticas al novato presidente (parece que para ellos Sandro ha hecho más daño en un mes que Gaspart en tres años). Los que cuestionaban a Pep, tras dos años escondidos en profundos horificios de la tierra salen a la luz ahora. Y, lo que es más grave, la prensa supuestamente culé se suma a la histeria reprochando, abierta o sibilinamente, la, dicen ellos, tozuda negativa de Pep a reforzar la plantilla mediante fichajes.
Como aficionados al fútbol, y al Barça en concreto, tenemos derecho a exigir a nuestro equipo y todos sus componentes lo mejor, sin inmunizarles de la crítica, por supuesto. Tenemos derecho a querer ciertos jugadores en el equipo (mi debilidad es Mascherano, debo decir). Sin embargo, estos derechos no deberían dar pie a la histeria injustificada. Se ha perdido un partido de ida de una competición claramente menor donde el entrenador, por motivos variados, decidió apostar claramente por jugadores de los equipos inferiores. Y de repente, esa cantera de la que estábamos tan orgullosos, de la que decimos "es la mejor del mundo" ya no nos vale. Fichen, caramba, fichen... suplicamos en un sinvivir frenético.
Hace dos años, el Barça del debutante Guardiola empezaba el curso pasando con apuros la previa de la Champions ante "todo" un Wisla Cracovia y con una derrota en el campo del Numancia. De repente, había que seguir fichando (Arshavin, Capel... cuantos nombres se manejaron de aquella), Pep era un novato sin experiencia (Scolari o Mourinho -¡¡¡sí, Mourinho!!!- habrían sido mejores opciones, se decía) y se enarbolaban hachas y lanzas contra un Laporta que se agarraba al sillón apelando a la legalidad tras perder una moción de censura...
Dos años después, en verano de 2010. el Barça era la sensación mundial, preñado de títulos y con un estilo admirado en todas partes, con ocho campeones del mundo en sus filas, la cantera es una mina de futuras figuras universales, Pep es el entrenador ideal y Laporta finalizó su mandato como el mejor presidente de la historia del Barça o el presidente del mejor Barça de la historia, que lo mismo me da que me da lo mismo. Para colmo, Rosell ganaba unas elecciones con el mayor apoyo, o casi, de la historia. Todo miel sobre hojuelas... hasta el pasado sábado.
Si la historia sirve para algo, es para aprender de las lecciones que nos da el pasado. Y la más clara lección que hay en la historia reciente del Barça, es que las notas hay que ponerlas a final de curso. Que hay que dejar trabajar en paz. Sólo cuando los resultados negativos empiecen a acumularse tienen sentido las críticas y las medidas correctoras. Si con sólo un partido de pretemporada con un mal resultado, jugado además en circunstancias muy especialmente adversas, pasamos de la luz a la sombra, mal andamos.
No olvidemos que en el partido del sábado, el "baby Barça" controló durante sesenta minutos a todo un Sevilla más rodado y mejor preparado, obligados como estaban los andaluces a tener un primer pico de forma física cara a la eliminatoria previa de Champions que deben superar... Y que el juego, sin ser brillante como es lógico en una pretemporada y dada la alineación presentada, sí fue ajustado y correcto hasta que el equipo se vino abajo físicamente y el Sevilla, con mejores mimbres o por lo menos mejor engarzados, nos pasó por encima.
Si por media hora mala físicamente a comienzo de temporada vamos a empezar las crucifixiones... no nos queda nada. Esperemos un poco. Seamos comedidos. Tanto para mal como para bien. Porque tampoco sería bueno que, si en el partido de vuelta un Barça previsiblemente con algo más parecido a su once titular remontara el resultado, pasaramos de nuevo al otro extremo, al optimismo exacerbado.
Dos años inolvidables hacen que para mí Pep tenga todo el crédito. Aunque haga cosas que a mi no gusten. Y un mes de gestión no es suficiente para poner al nuevo presidente en la picota. Hay que esperar. Luego ya veremos
Adeu i bona sort.
Jordiasturies, Tant se val d'on venim